Columna científica #5: La última frontera

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Para algunos, la “luz al final” del túnel es la prueba de que hay vida después de la muerte. Esto es lo que dice la ciencia al respecto.

“Ustedes sienten miedo a la muerte, pero también la necesidad de que alguien les aplaque ese miedo”, dijo Víctor Sueiro y algo de razón tenía, tal como atestiguan los millones de libros que vendió contando lo que vivió estando muerto. Aquel 20 de junio de 1990, su corazón dejó de latir por 40 segundos en los que vio una luz blanca que se acercaba: “Todo era bello y puro. Y sentía una inmensa paz”. Él vivió una “experiencia cercana a la muerte” (ECM), término acuñado en 1975 por el psiquiatra Raymond Moody. Luego de estudiar 150 casos, él concluyó que pueden incluir el sentimiento de paz; la sensación de salir del cuerpo y flotar; viajar por un túnel con una luz brillante al final; ver a familiares o amigos que ya fallecieron; estar ante la presencia de un ser de luz, que se asocia a figuras religiosas; repasar situaciones vividas; y luego oír un llamado de regreso a la vida.

Para Sueiro, Moody y muchos otros, las ECM son prueba de la existencia de una conciencia ajena al cuerpo, de un alma, algo que es probable que esté confinado para siempre a una cuestión de fe. Mucha gente murió y volvió, y sabemos qué es lo que se experimenta uno, dos y hasta seis minutos después de que cesa la actividad cardíaca. ¿Pero qué pasa tras un año de estar muerto? ¿O, para el caso, una hora? ¿Qué pasa con esa luz o esa paz? ¿Y con la conciencia? Hasta ahora, nadie volvió después de tanto tiempo para contarnos.

Para muchos, las ECM son usadas por ingenuos o charlatantes para sugestionar a otros. Si bien ningún científico niega que existan, sus explicaciones se resumen en un cerebro con “problemas técnicos” propios de un momento de crisis: daños en la unión temporoparietal, liberación masiva de endorfinas, exceso de dióxido de carbono y falta de oxígeno. Un estudio muy sugerente hecho en ratas mostró que 30 segundos después de un paro cardíaco, su actividad cerebral aumenta notablemente, cuando se pensaba que ocurría lo contrario. Si lo mismo es cierto en humanos, podría ser una explicación, pero faltan estudios concretos en personas moribundas. Una prueba contundente de que existe el alma sería que alguien vea o escuche algo que no podría haber visto o escuchado. En un experimento hecho en salas de emergencia, se pusieron imágenes en lugares que solo eran visibles si uno estuviese flotando cerca del techo, pero hasta ahora nadie las vio.

Para los creyentes la muerte es solo el paso a otra vida, y los demás pueden hallar consuelo (y un derecho por el que luchar) en estas palabras de Mario Bunge: “La muerte no es un misterio para quien sepa algo de biología y no asusta a un ateo, porque sabe que nada podrá ocurrirle después de muerto. Lo único que podrá asustarle es una muerte lenta y dolorosa, pero la muerte asistida nos libera de este temor”.

Publicada en RUMBOS #775

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