Columna científica #2: Esclavos de los algoritmos

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Los algoritmos son la clave de la buscada (y temida) Inteligencia artificial… y ya sabemos qué pasa en Terminator.

Las computadoras no tienen ni idea de lo que es el amor y, sin embargo, el sitio Shaadi unió a cinco millones de parejas en India. Tampoco saben de enfermedades, pero pueden detectar células cancerígenas con notable precisión. Son los algoritmos los que están detrás de esto y de las fortunas que ganan empresas como Facebook, Google o Netflix. Ni lo sospechamos, pero vivimos en un mundo moldeado por estos “códigos ciegos” que, algún día, podrían hacernos papilla.

Un algoritmo toma datos de entrada, sigue una serie de pasos unívocos, y resuelve un determinado problema, desde la raíz cuadrada de un número, hasta qué mostrarte en las redes sociales. Si bien existen desde el 1600 a.C., cobraron verdadera relevancia con la invención de las computadoras, que pueden realizar millones de operaciones por segundo y correr códigos larguísimos a la velocidad de la luz. Si a eso se le suma la cantidad absurda de datos que produce la sociedad actual, se entiende que ahora las máquinas tomen decisiones que antes eran patrimonio de las personas, como invertir millones en acciones de la bolsa o si conviene desviarse para que aquel auto que viene de frente no nos choque y nos mate.

Pero las consecuencias van más allá. Las mentes más brillantes de Silicon Valley luchan por hallar el “Santo grial” del siglo XXI, un algoritmo capaz de aprender y (re)escribirse a sí mismo, una computadora que imita al aprendizaje humano: la Inteligencia artificial (IA). Sus aplicaciones son invaluables, como terminar con el hambre, revertir el calentamiento global o revelar los misterios más profundos de la física. Pero no todos están contentos.

Imaginen un algoritmo con la habilidad de interactuar con el entorno y automodificarse; sin nociones de ética; con acceso a Internet, a todos los dispositivos hackeables y a los mercados financieros; sin saber apreciar el valor intrínseco de la vida biológica; y capaz de tomar en una fracción de segundo una decisión hipercompleja, como que la humanidad es una amenaza para la supervivencia de la Tierra.

Acusados de neoluditas, van desde los radicales como Stephen Hawking (“la IA puede significar nuestra extinción”), a los “moderados”, como Steve Wozniak, cofundador de Apple, para quien la humanidad estará a salvo, ya que las máquinas nos conservarán como sus mascotas. Por su parte, Elon Musk, el hombre que nos llevará a Marte, recomienda crear un ente internacional que garantice que no hagamos ninguna estupidez, pero nadie le da bolilla: “Con la IA estamos invocando al demonio. Conocemos las historias en las que un hombre con agua bendita dice tenerlo bajo control… bueno, nunca funciona”.

Publicada en RUMBOS #769

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