Yo, robot: el futuro de la humanidad

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Máquinas en lugar de brazos, piernas u ojos. Los especialistas dicen que en diez años, la robótica redefinirá las clases sociales: estarán los cyborgs (mitad hombre, mitad máquina) y los simplemente humanos. Fantasía y realidad conviven en el diseño de los hombres y mujeres del futuro.

El próximo 14 de junio, el mundo entero será testigo de un milagro televisado: en el círculo central del estadio Arena, en São Paulo, Brasil, un joven parapléjico volverá a caminar. Sin embargo, no se tratará de un déjà vu bíblico, sino de un gran logro de la ciencia que será posible gracias a un esqueleto externo (o exoesqueleto) el cual, mediante electrodos conectados a la cabeza del joven, captará sus ondas cerebrales y luego las traducirá en movimiento.

Lo que se denomina cyborg, un humano en parte máquina, era hasta hace muy poco sólo material de guiones cinematográficos: en la reciente película Elysium, Matt Damon utilizaba un dispositivo similar, un exoesqueleto supertecnológico que pronto tendrá un correlato en el mundo real. Sí, será una versión más modesta –y pacífica– pero suficiente para permitirle a este joven dar el puntapié inicial del próximo Mundial de Fútbol.

“Las sillas de ruedas pueden ser objetos de museo, sólo hacen falta el capital y la convicción política suficientes”, aventuró Miguel Nicolelis, el médico y científico brasileño a cargo del Walk Again Project, la iniciativa responsable de este hito mundialista, un prometedor atisbo de lo que la robótica será capaz de hacer por nosotros y de cómo cambiará el mundo en el que vivimos.

Dispositivos y funciones

“Hay que ser cautos con la información que se publica”, me advierte el ingeniero Diego Beltramone, director del Laboratorio de Ingeniería en Rehabilitación y director del Departamento de Bioingeniería de la Universidad Nacional de Córdoba. “Estos temas generan muchas expectativas que no necesariamente son reales. Son proyectos que llevan mucho tiempo, que necesitan testearse y esperar a que lleguen las aprobaciones oficiales”, explica. Sucede que entre lo que se ensaya en los laboratorios y lo que realmente se puede encontrar en el mercado (y a un precio razonable), existe un abismo que sólo el tiempo puede eliminar. Y es muy difícil saber cuándo será.

Pero comencemos con la taxonomía. Pueden existir tantos tipos de prótesis como necesidades haya, por lo que es un tema muy amplio de abordar. Beltramone explica que dentro de la norma ISO 9999, que clasifica los productos de apoyo construidos para personas con discapacidad, hay dos universos diferentes pero estrechamente conectados: por un lado están las prótesis y por el otro las órtesis.

En el primer caso, “nos referimos a elementos que reemplazan el faltante de un miembro: un brazo, una pierna, un diente o un ojo”. En cuanto a las órtesis, son elementos que asisten a cualquier miembro: puede ser un bastón, una muleta o un exosqueleto, entre otros.

En ese caso, el primer dispositivo de apoyo se puede rastrear hasta el Antiguo Egipto: dos dedos de pies artificiales que se encontraron en una momia. Según se cree, pertenecían a Tabaketenmut, hija de un Sumo Sacerdote egipcio que vivió entre los siglos X y IX a.C. El desgaste de la prótesis, realizada en madera y cuero, junto al complejo sistema de unión confirman que su uso no era sólo funerario sino que llegó a utilizarse en vida.

Tal como se ve, desde el comienzo las prótesis fueron pensadas para personas que tienen alguna discapacidad, un universo que sólo en la Argentina suma más de 3 millones de personas, según el censo 2010, y en el mundo, alrededor de 1.000 millones.

Pero en la actualidad ya se están pensando órtesis y protésis que sirvan para mejorar el rendimiento humano, dándole a su usuario más fuerza, velocidad o sentidos, como por ejemplo los lentes de contacto para ver en la oscuridad, que están desarrollando investigadores de la Universidad de Michigan a base de una sustancia llamada grafeno.

La ficción, por su parte, desde siempre se ha nutrido de esta idea de elementos tecnológicos que de alguna manera nos conviertan en superhombres. Basta con recordar Yo, robot; RoboCop; Iron Man y la ya mencionada Elysium. ¿Pero cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en todo esto?

Sexto sentido

Neil Harbisson es un artista plástico famoso en el mundo entero por ser el primer cyborg reconocido por un gobierno, ya que para la fotografía de su pasaporte, las autoridades de Reino Unido lo dejaron posar con su Eyeborg, una antena que le permite escuchar los colores.

Hace 31 años y en la ciudad de Belfast, Harbisson nació con acromatopsia (o monocromatismo), una enfermedad congénita que hace que para él, el mundo se vea en blanco y negro. Su respuesta fue el Eyeborg, una antena que lleva instalada en la cabeza y que está dotada con un sensor orientado hacia la dirección en la que él está mirando en cada momento. El sensor capta el color que está viendo y envía la información a un chip instalado en la nuca de Harbisson, donde las frecuencias de la luz se traducen en frecuencias sonoras que él escucha a través de los huesos de su cráneo. Para él, el azul es la nota do sostenido y el rojo, un fa.

Incluso, cuenta que un día empezó a escuchar los colores en sus sueños. “Ahí entendí lo que significa ser un cyborg: No es la unión entre el Eyeborg y mi cabeza lo que me convierte en uno, sino la unión entre el software y mi cerebro. Mi cuerpo y la tecnología, se unieron”. Con el Eyeborg, Harbisson puede distinguir hasta 360 colores y puede percibir las luces ultravioleta e infrarroja. O sea, que percibe más frecuencias que un ojo humano.

El mundo en 10 años

Harbisson es solo el primer paso hacia un mundo que algunos académicos ya están previendo en un futuro no muy lejano, donde la robótica será algo cotidiano. En el libro La brecha robótica. ¿Una nueva frontera en el siglo XXI?, realizado por académicos de distintas disciplinas de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, se sostiene la hipótesis de que para 2025 habrá una fusión entre seres artificiales y los biológicos, que será consecuencia de la implementación de elementos robotizados en el cuerpo humano. Arriba del escalafón estarán los cyborg (compuestos de elementos sintéticos y orgánicos) y, ya en una escala inferior, los simplemente humanos.

“En breve comenzará una hibridación entre ser humano y máquina, con las consiguientes desigualdades sociales, económicas y culturales que generará esta dependencia”, explica en una entrevista Antonio López, autor principal del ensayo y continúa: “La tecnología siempre está íntimamente vinculada con el poder, tanto económico como militar, y se convierte en un elemento clave que determina su distribución y la de los recursos. Como ha ocurrido con otras tecnologías, la robótica la creamos y la implantamos en nuestras sociedades desiguales y es previsible que refuerce dicha desigualdad”.

Si bien muchos pueden opinar que diez años es muy poco tiempo para llegar a ese estadio tecnológico, casi nadie negaría que en algún momento pasará. Es posible que nos adaptemos a ese mundo sin siquiera darnos cuenta. Diego Beltramone lo ejemplifica: “Una cosa es lo que uno ve desde afuera y otra cuando se es protagonista. Uno ve a una persona que tiene una prótesis en la pierna y piensa ‘es una persona con una prótesis’; pero él te va a decir, yo soy fulanito –dice–. Yo uso lentes, y a mí no se me ocurre decir que soy una persona con lentes. Porque uno lo terminó aceptando psicológicamente. Llegás a tener una relación con lo que usás que no se tiene una idea consciente de que se lo está usando, ya es parte de uno.”

Industria argentina

Junto a Diego Beltramone, Aden Díaz Nocera está trabajando en el desarrollo de una prótesis de brazo. El es estudiante de Ingeniería Biomédica de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de Córdoba. Por ese proyecto, Díaz Nocera ganó uno de los premios Innovar 2011 en la categoría Robótica, el concurso que organiza el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación y que en esa edición evaluó 2.038 inventos e ideas originales de todo el país.

“El funcionamiento es bastante estándar para este tipo de prótesis robóticas –explica Díaz Nocera–, que es por electromiografía”. Se pone un electrodo sobre la piel y cuando el músculo es contraído emitirá una señal eléctrica muy pequeña. “Esa señal es amplificada, filtrada y enviada a un microcontrolador donde se realiza el procesamiento y se controlan los motores. Todo este sistema se encuentra dentro de la prótesis, que tiene un tamaño natural”. Dependiendo del paciente, los electrodos se ponen en el pectoral o en el deltoides, ya que son músculos que no interfieren en lo cotidiano.

El objetivo de Díaz Nocera es proveer un diseño nacional, ya que actualmente estas prótesis deben ser importadas desde el exterior a costos inaccesibles para muchas personas que las necesitan. Por eso, “el proyecto no se va a vender y toda la información será de acceso público. Las prótesis importadas son bastante caras”. La idea es seguir subiendo todos los planos a internet, de modo que, si bien está en una etapa de prototipo y faltan mucho desarrollo y pruebas clínicas, “al final será pública la información necesaria para que pueda desarrollarla quien quiera.”

Vistas del futuro

Justamente, la misma tecnología mioeléctrica que se mencionó antes, utiliza la mano robótica más avanzada del mundo y disponible en el mercado: la Bebionic3, desarrollada en Reino Unido, que utiliza los impulsos eléctricos del bíceps y el tríceps.

Como ese, a lo largo del mundo se están trabajando proyectos sorprendentes, como el BrainGate, tan revolucionario como polémico, ya que se basa en un chip que se implanta en el cerebro y que capta las señales cerebrales y se las devuelve al músculo, “literalmente a través del pensamiento”, prometen en su sitio web. Es un dispositivo diseñado para ayudar a aquellas personas que perdieron el control de algún miembro o que tienen lesiones en la espina dorsal, ya que de hecho funcionaría como una segunda espina dorsal.

También se está trabajando en un ojo biónico, creación del profesor Gislin Dagnelie, de la Universidad John Hopkins de Baltimore, en Estados Unidos. Este dispositivo incluye un chip que se coloca detrás del ojo y que se conecta a una mini-cámara de video montada en los lentes de la persona. Las imágenes que toma la cámara son emitidas a tráves del chip y traducidas en impulsos que el cerebro interpreta como imágenes. Si bien es cierto que esas imágenes producidas están muy lejos de ser perfectas, sí alcanzan para que una persona no vidente reconozca rostros y lugares. Ese hallazgo sin precedentes podrá beneficiar a pacientes con la causa más común de ceguera, degeneración macular, que en la Argentina afecta a 100.000 personas.

“Los desarrollos más interesantes combinan prótesis controladas por el cerebro con aspectos sensoriales –comenta por su parte Díaz Nocera–, es decir, que tienen sensores electrónicos en la prótesis que transmiten esa información al paciente. El resultado final es que la persona puede recuperar la sensación del tacto”. Es cierto que eso no significa que el paciente pueda sentir como si tuviera el miembro faltante, pero sí que la información no solo viaja a la prótesis sino que vuelve al usuario, lo que representa un gran avance. Al parecer, el único límite es la imaginación.

Publicada en RUMBOS #559

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