Toronto, la ciudad perfecta

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La ciudad canadiense es uno de los grandes modelos urbanos del siglo XXI: potencia económica, servicios públicos de alta calidad y un entorno natural exuberante. Su particualar estilo reside, sobre todo, en la increíble variedad étnica que bulle en sus calles. La mitad de sus habitantes son inmigrantes, lo que la convierte en la ciudad más diversa del planeta.

Puede parecer mentira, pero en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, encontrar canadienses no es tan fácil como uno se imagina. Son las 7 de la tarde en Dundas Square, una plaza de cemento envuelta en fabulosos carteles de neón que es el centro del centro de la ciudad, y me detengo a preguntarle a la gente que pasa por allí de dónde es, para saber si puede ser cierto lo que afirman las estadísticas: uno de cada dos habitantes de Toronto no nació en Canadá, siendo así la ciudad del mundo con mayor porcentaje de extranjeros entre sus residentes.

Bangladesh, Lituania, India, China, Marruecos, Irlanda, son sólo algunas de las respuestas más comunes que obtengo, no de los turistas, sino de los mismos torontonianos, la mitad de los cuales −1 millón 300 mil− son inmigrantes de primera generación, quienes fueron tentados por mudarse a una ciudad clave en el ecosistema político, económico y cultural de Canadá, un país que, dicen los rankings internacionales, está entre los mejores del mundo para vivir. Viajamos a Toronto para averiguar qué tiene de atractivo Canadá, un país del que no sabemos prácticamente nada y del que, casi nunca, nos llegan noticias.

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Desde el desembarco de colonos ingleses y franceses en el siglo XVI, pasando por su nacimiento como país en 1867, hasta llegar a la actualidad, la vida en Canadá ha fluido sin mayores sobresaltos y siempre ha latido al ritmo de su sociedad multiétnica, donde distintas minorías han logrado convivir en absoluta armonía.

Hay que tener en cuenta que, con sus casi 10 millones de km2, Canadá es el segundo país más grande del mundo; pero está habitado por poco más de 35 millones de personas, es decir, tiene 3,3 habitantes por cada kilómetro cuadrado −la Argentina, si es por comparar, tiene 14,6. Tal vez por eso, Canadá siempre tuvo la necesidad de poblar su territorio para lo que, históricamente, mantuvo una política migratoria muy abierta que acepta cada año cerca de un cuarto de millón de emigrantes de todo el mundo.

Las historias puntuales detrás de estos números están a la vista: un taxista de Bangladesh, con un nombre imposible, afirma que trabaja 8 horas diarias para una agencia y gana 2.000 dólares por mes. “Alcanza bien”, dice mientras hace un giro en “u” en plena avenida, maniobra que, curiosamente, está permitida. O la de Cintia, una joven limeña, que hace siete años vive en Toronto y hace cuatro abrió su propio local, “Lady Mosquito”, en West Queen West, un barrio muy chic de las afueras, donde abundan las galerías de arte y los restaurantes gourmet. Ella cuenta que el gobierno canadiense la ayudó con capacitaciones gratuitas en administración de empresas.

A 20 cuadras de “Lady Mosquito”, está la guardería de Mercedes Riestra. Ella llegó a Toronto a fines de 2002 desde General Pico, provincia de La Pampa, porque sentía que no tenía más oportunidades en su ciudad, quería explorar otras culturas y tener una vida mejor. “Claro que si no me iba bien siempre estaba la posibilidad de volver”, aclara. Pero no fue el caso, porque hace 8 años abrió “Mercedes Home Daycare Services”, una guardería que tiene el plus de que se comunica en español con los niños. Lo fue armando sola, dice, con mucho esfuerzo y sacrificio, pese a que sabe que hay varios programas del Gobierno para ayudar a los pequeños emprendedores.

Porque el sacrificio, eso sí, es una constante en casi todas las historias de los recién llegados. Ellos cuentan que la experiencia que uno traiga de su país sirve poco y nada
−salvo las personas que se dedican a actividades muy específicas−, porque a los canadienses sólo les importa lo que ellos llaman la “experiencia en Canadá”, una especie de borrón y cuenta nueva que ocurre apenas se pasa por Migraciones.

“Me parece que acá no es difícil emprender algo —continúa Mercedes sobre su experiencia—, sólo hay que hacer un poco de estudio de mercado, tener bien en claro qué se quiere ofrecer, ser honesto y cumplidor, porque el tema del boca a boca funciona. Todo el mundo pide recomendaciones cuando necesita resolver algo y en cada comunidad se ve mucho eso, de tener el contador, plomero, electricista que hable tu idioma… eso facilita mucho todo.”

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“Los estadounidenses creen que somos socialistas”, afirma Therese Truchan en un español correcto pero dificultoso. Ella es una docente jubilada de unos 60 años que, pese a su retiro, sigue trabajando como guía turística y es la encargada de llevarnos a recorrer Bloor-Yorkville, el barrio más coqueto de Toronto, ocho cuadras al norte de Dundas Square. Allí, en la esquina de Blur St. y Bay St., Therese nos señala lo que estamos viendo —locales de Gucci, Cartier, Prada, Chanel, Louis Vuitton—, mientras explica que en Canadá la salud es totalmente pública. En inglés se llama social medicine, una expresión que aterroriza a muchos de sus vecinos de Estados Unidos.

En Canadá, continúa Therese, el servicio de salud es tan bueno, que incluso los más ricos van a los hospitales públicos. “Tenemos el mismo sistema que en Dinamarca o Suecia”, ejemplifica y agrega: “Incluso el aborto es legal y gratuito sin límite de gestación… lo único que es privado son los tratamientos e intervenciones estéticas”.

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Como si fuese un alfiler clavado en el plano de Toronto, la CN Tower es, tal vez, el único monumento en una ciudad que no tiene monumentos. Y resulta ideal para que los turistas se orienten, porque sucede que no sólo es el máximo emblema de la ciudad sino que, al tener el doble de alto que cualquier otro edificio, puede verse desde todas partes.

La CN Tower recibe dos millones de visitas por año y, con sus 553 metros, fue la estructura más alta del mundo desde su construcción en 1977 hasta 2010, año en que la superó el Burj Khalifa de Dubai. A 350 metros de altura, la Torre tiene un restaurante giratorio y una de las atracciones más extremas del planeta: el EdgeWalk, que es un paseo por una pasarela de un metro y medio de ancho que rodea la estructura y que no tiene barandas, una pesadilla a la que se sale atado con un arnés para admirar una panorámica completa de la ciudad y sus inmensos alrededores.

Desde allí arriba, puede verse todo como si fuese una maqueta: a la izquierda, Chinatown, una de las más grandes comunidades chinas de América del Norte; detrás el famoso barrio de Kensington, donde funciona un histórico y pintoresco mercado que tiene desde locales de ropa usada hasta restaurantes étnicos. Y a la derecha, la vieja destilería, aquella en la que durante la Ley Seca, allá por los años 20, Al Capone, el famoso gánster de Chicago, compraba el licor para cruzarlo a Estados Unidos a través del lago Ontario, y que ahora se ha transformado en una especie de Puerto Madero con galerías de arte, cafés y guías turísticos.

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Desde la pasarela del EdgeWalk, también puede verse el valle donde está Evergreen Brick Works. Allí funcionaba una fábrica de ladrillo que, tras cerrar, dejó una serie de edificios abandonados que ahora, previa inversión de 55 millones de dólares, se ha convertido en un gran centro ambiental comunitario, con un mercado de productores regionales y una usina de actividades que tienen el objetivo de inspirar y asesorar a visitantes, empresas y gobiernos para que vivan, trabajen y piensen más sustentablemente.

Eso nos cuenta Marina Queirolo, una argentina que llegó a Toronto desde Buenos Aires junto a su marido y sus dos hijos, apenas estalló la crisis de 2001. Antes de entrar a trabajar en Evergreen Brick Works, y sin saber nada del negocio, ella decidió armar una empresa de venta de empanadas e hizo un viaje relámpago de vuelta a la Argentina, para aprender cómo hacerlas con el Gato Dumas. “Desarrollé los gustos, la marca y empecé a vender empanadas congeladas a través de un programa de incubadora de negocios que hay acá en Toronto, a través del cual yo era parte de una organización sin fines de lucro que ayuda a pequeños emprendedores y que es financiada por el Gobierno”.

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“Cuando me mudé a Toronto, me puse como regla no hibernar”, dirá luego Marina sobre lo que, tal vez, sea lo más difícil de vivir en Canadá: pasar el invierno. En Toronto, la temporada de nieve comienza en noviembre y termina a mediados de abril. Los días tienen sólo 8 horas de sol, a lo que se le suman temperaturas que pueden alcanzar los 20 grados bajo cero, lo que hace que salir a la calle sea toda una cuestión.

Para enfrentarse a esas condiciones climáticas, a fines de los 80 los torontonianos construyeron el PATH, una red peatonal subterránea de 28 kilómetros de largo, una ciudad bajo tierra. De hecho, ostenta un récord Guinness por ser el shopping subterráneo más grande del mundo, ya que tiene 1.200 locales, y une la Municipalidad, la más importante estación de trenes de Toronto, dos shoppings, tres lujosos hoteles, cinco estaciones de subte, veinte estacionamientos y decenas de edificios de oficinas.

En definitiva, con un poco de buena suerte, uno podría pasar el invierno sin tener contacto con el exterior. “Eso hacen los canadienses, que cuando llega el invierno se encierran… Pero el invierno es muy largo para quedarme encerrada”, opina Marina.

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A las cinco de la mañana, en la esquina de John St. y King West St., la gente empieza a salir de los boliches. Es domingo de madrugada y en sólo diez minutos se puede ver pasar un Porsche, una Ferrari, un Lamborghini y una caravana de siete Cadillacs descapotables y dando saltos. A trescientos metros está la CN Tower toda iluminada, que cambia de rojo a azul. Alrededor, todo el mundo bebió de más pero las discusiones callejeras no pasan del insulto. Y todo esto ocurre bajo la mirada de cinco policías de uniformes fluorescentes. Están sobre caballos blancos e inmensos, impecables uno al lado del otro y están intercambiando chistes.

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Junto al sistema de salud público, el de educación es otro pilar sobre el que se sostiene la alta calidad de vida de los canadienses y es un gran motivo de orgullo para ellos. Allí, la educación primaria y secundaria es completamente gratuita. En cambio, las universidades y los colleges, para los estudios terciarios, son todos privados.

“Las cuotas de las universidades dependen de qué tipo de estudiante sos y de qué carrera estudiás”, explica Martín Gagliardi, un argentino que vivía en Pilar y se mudó a Toronto en 2004 junto a sus padres y hermana. Hoy, con 23 años, trabaja como mozo en un bar de Toronto mientras estudia Administración de Empresas en la Universidad de Ryerson.

Estudiar un año en esa universidad cuesta, para los canadienses y residentes, alrededor de 6.700 dólares para las carreras relacionadas al arte, entre 8.900 y 9.700 para las ingenierías y 7.600 y 8.200 para negocios. Y los programas son muy flexibles, permiten hacer varias cursadas online y están diseñados para que la carrera dure 4 años, aunque Martín, al igual que la mayoría de los estudiantes, decidió trabajar y hacerla part-time en 6.

Además, en la provincia de Ontario, de la cual Toronto es la capital, el gobierno tiene el Ontario Student Assistant Program. Se trata de un préstamo al que cualquier estudiante de Ontario puede aplicar, con 0% de tasa de interés si se trata de un estudiante full-time, que cubre la cuota total o parcial y tiene en cuenta los ingresos del grupo familiar, qué tan lejos vive el estudiante y si tiene hijos o está casado.

“Aunque la inversión en educación es importante, estamos hablando de 30 a 50 mil dólares por carrera, vale la pena porque los trabajos pagan muy bien”, continúa Martín y cuenta, como ejemplo, la historia de un amigo suyo, un ruso que hace 10 años vive en Toronto. El estudió economía y finanzas en la Universidad de York. Cuando se recibió, el TD Bank le ofreció una pasantía de 6 meses y luego un trabajo como analista financiero junior. Tiene un sueldo de 50 mil dólares al año −más una comisión de 20 mil si cumple algunos objetivos− y recién cumplirá 22 años en diciembre.

Además, sigue Martín, “acá los trabajos te suelen pagar el almuerzo, la nafta, el gimnasio y hasta las zapatillas para ir al gimnasio. Con sueldos así, es fácil pagar la deuda en uno o dos años y con 28 años ya perfectamente podés pensar en tener un techo propio”.

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Sin embargo, en todas las grandes ciudades del mundo existe un sector de la sociedad que no logra −o no quiere− insertarse en el sistema. Incluso en Toronto, donde pareciera que las oportunidades no faltan, la desocupación de mayo fue del 8,2% (1,7 más bajo que ese mismo mes de 2012, pero aún mayor que el promedio nacional: 7,1).

En las calles, en especial cuando empieza a caer el Sol, aparecen en los rincones decenas de personas que, en silencio, se acomodan para pasar la noche, sin molestar a nadie y sin que nadie los moleste.

Uno de ellos se llama Gordon Lennon. Tiene 38 años y lo conocí un mediodía en la esquina de Front St. y Bay St.. El estaba mirando el paisaje de grandes hoteles y mega edificios de oficinas, sentado en un banquito plegable y sosteniendo un cartel de cartón que decía: “Trabajo por comida”. Me acerqué y le pregunté hacía cuánto que estaba con ese cartel en esa esquina. “Seis meses”, me respondió, “desde que llegué a Toronto”.

El vivía en Edmonton, una ciudad a casi 3.000 kilómetros de distancia, y tenía un trabajo de 22 dólares la hora. Pero un día, su ex mujer desapareció llevándose a la hija que tienen en común. Gordon perdió su rastro y desesperó.

“Contraté a un investigador privado y las encontró aquí, en Toronto”, recuerda Gordon y explica que tiene estudios terciarios de electricidad pero que igual no consigue trabajo. Suena curioso porque desde donde estamos, se pueden ver docenas de edificios en construcción y la Union Station, la estación de subte y tren más grande de la ciudad, que está siendo ampliada y restaurada para los Juegos Panamericanos de 2015. “Los obreros de la zona me convidan café y hablo con ellos todos los días, pero me dicen que están sindicalizados y que es muy difícil entrar”, se lamenta Gordon y luego explica, sonriendo, que sólo puede ser feliz estando cerca de su hija, que tiene 9 años y se llama Priya.

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Algunos afirman que Toronto es como una pequeña Nueva York; pero también están aquellos que opinan que es muy parecida a Chicago. Una posible manera de describir a Toronto es a través de algunas de las anécdotas que anoté en mi libreta: un chofer de tranvía se bajó para ayudar a una mujer que quería subir con un cochecito; sólo vi a una pareja besándose en un lugar público; un tipo en un bar, viendo un recital, se dio vuelta para preguntarme si me estaba tapando la vista; la gente no tiene problema en sacar sus notebooks en una plaza o en cruzar un parque de noche; en siete días de caminar la ciudad, sólo escuché tres bocinazos; y la ciudad tiene un algo misterioso que hace que hasta los torontonianos parezcan turistas.

Publicada en RUMBOS #519

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