Paraguay, el país de los jesuitas

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Turismo, historia e identidad se entremezclan en un paseo único por las ruinas jesuíticas.

Si existen los lugares que hablan, la misión jesuítica Santísima Trinidad del Paraná seguro que es uno de ellos. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y ubicada a 413 kilómetros de Asunción, llegamos allí cuando el cielo terminaba de apagarse. En la entrada, un guía nos recibe de sotana marrón y nos cuenta que es la reducción mejor conservada de todo Paraguay porque fue una de las últimas en fundarse y porque, gracias a los azares de la historia, no sufrió el saqueo de los portugueses. “Ahora vamos a iniciar el paseo contemplativo −dice y señala con los brazos cada uno de los espacios que recorreremos−: empezaremos por los pabellones de los nativos, luego la Catedral y después los talleres”. Pero todo está oscuro. En cambio, mientras habla, comienzan a escucharse ruidos de los animales y una melodía. Son parte del paseo nocturno por las ruinas que estaba por empezar, una muy elaborada experiencia multisensorial. “Alcanza con que cierren los ojos para transportarse en el tiempo”, dice, y los cerramos.

Un viaje en el tiempo

Al abrirlos, las primeras luces iluman los pabellones, a nuestra izquierda, como una invitación a recorrerlos. Allí dormían los guaraníes. Quedan 9 de los 21 que había, que tenían techo a dos aguas y tejas coloniales. Cada uno de estos pabellones contaba con corredores jeré, en guaraní, o galerías perimetrales, porque los jesuitas tenían la costumbre de rezar el Rosario mientras caminaban, y, de esa manera, podían protegerse del Sol y la lluvia.

Mucho se sabe de la Compañía de Jesús: una orden religiosa que fundó varios colegios en buena parte del continente, y que en Brasil, Paraguay y la Argentina logró una convivencia única con los guaraníes. Ellos llegaron a toda América con tres objetivos principales: para la Iglesia, la evangelización; para las coronas europeas, la dominación territorial; y para los guaraníes, la protección. Luego, en 1773, fueron expulsados de los reinos de Francia, Portugal y España tras fuertes presiones ejercidas sobre el papa Clemente XIV.

Santísima Trinidad del Paraná, una de las tres reducciones en el departamento de Itapúa junto a Jesús de Tavarangüe y Santos Cosme y Damián, fue fundada en 1706 y diseñada por el arquitecto Juan Bautista Prímoli, el mismo que diseñó el Cabildo de Buenos Aires y la Catedral de Córdoba. Esta misión es la que permite conocer más sobre la distribución de las reducciones jesuitas: una Plaza Mayor, lugar de reunión del pueblo; la Catedral; el hospital, el colegio, el cabildo, la panadería y los talleres.

“Llegamos a la Catedral”, dice el guía. Sin darnos cuenta, nos acercamos a una mancha negra que apenas destaca en la oscuridad del cielo, cuando se iluminó dando paso a un espectáculo imponente. En su momento fue el templo más importante, por su tamaño −35 metros de largo, 45 de ancho y un campanario de 20 metros con 12 campanas−, por contar con un reloj mecánico y por su estilo barroco guaraní, que se ve en los detalles de los tallados.

El principio del fin

Seguimos el recorrido, y sobre un costado de la Misión encontramos la torre de vigilancia. Porque los jesuitas no sólo se dedicaban a evangelizar; también entrenaron militarmente a los guaraníes para defenderse de los bandeirantes paulistas. Los soldados guaraníes, armados con rifles, cuidaban de la Gran Provincia Jesuítica del Paraguay, que llegó a contar con 15 mil soldados de los 150 mil pobladores.

Sin embargo, con la acumulación de poder, llegó la soberbia. Las Cartas Anuas, documentos donde los jesuitas dejaban constancia de lo ocurrido durante ese año, están plagadas de frases como: “Nuestros instrumentos musicales son los más precisos y los favoritos del público europeo”; “ la educación que reciben los guaraníes no se compara a la mísera educación de los hijos de los gobernadores de la Capital”; o “contamos con mejores casas e iglesias que Asunción”. Los jesuitas fueron acusados de la creación de un Estado propio, argumento útil para hacerse con la mano de obra que estaba tan bien organizadas en las misiones. Su reemplazo por otras órdenes −franciscanos, dominicos y mercedarios, acompañados por administradores españoles− estaba condenado al fracaso. Tras 206 años de saqueos por parte de los buscadores de tesoros, las misiones hoy siguen siendo un tesoro, pero de otro tipo.

Publicada en RUMBOS #481

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