Narcos, una radiografía del mal

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Secuestros, atentados, crímenes a sangre fría. Desde hace años, el narcotráfico tiene fracturada y en jaque a la sociedad mexicana. Un libro reciente del periodista Ioan Grillo ahonda en sus orígenes y consecuencias.

En diciembre de 2012 asumió la presidencia de México el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto, y apenas dos meses después, el poder del narcotráfico le mostró con furia sus dientes: 17 integrantes de Kombo Kolombia, una conocida banda musical mexicana, aparecieron muertos en el fondo de un pozo de agua al norte del país. Todas las víctimas –todas– rematadas con un tiro de gracia, el sello clásico de las muertes mafiosas.

La matanza se sumó a la larga lista de hechos dolorosos que han marcado el pulso mexicano de las últimas décadas. Una realidad que espanta cuando los noticieros difunden que los presuntos integrantes del cártel Los Zetas prendieron fuego un casino de Monterrey, asesinando a 52 personas, o cuando aparecen nueve cadáveres colgando de un puente de Nueva Laredo. El mismo escenario que vio mutar a la bella Acapulco, el viejo paraíso del jet set internacional, en la segunda ciudad más violenta del planeta, según los relevamientos del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.

De todo esto trata El narco. En el corazón de la insurgencia criminal mexicana (editorial Tendencias), un libro de reciente aparición escrito por Ioan Grillo, un periodista británico que vive desde hace doce años en Ciudad de México y ha trabajado como corresponsal para varios medios internacionales como la CNN. Este, su primer libro, es una obra rigurosamente documentada y con testimonios de los protagonistas, en la que el autor condensa una década de investigación que abarca desde los orígenes del conflicto hasta la actualidad.

“El narco no es una banda, sino una vasta red criminal cuya sombra asesina se proyecta sobre todo el país. Una fuerza con armas y estructuras propias de un ejército, que posee campamentos paramilitares desde Guatemala hasta la frontera de Texas”, define Grillo. “Amontonan los cadáveres en fosas comunes comparables a las de una guerra civil. No tienen ideología política pero se han convertido en la fuerza más grande del país. No sólo comercian con la droga sino que cobran impuestos y roban petróleo a gran escala. La prensa los llama el narco ¿pero de quién habla en realidad?”.

En este caso, como en otros, el fenómeno de la violencia puede analizarse desde las muertes y los billetes: en los últimos siete años, el conflicto bélico derivado del narcotráfico se cobró más de 60 mil víctimas, mientras que las estimaciones más austeras consignan un negocio sucio de al menos 15 mil millones de dólares al año.

El triángulo dorado

Según explica Grillo, todo comienza en la Sierra Madre Occidental, una cadena montañosa que comparten los Estados Unidos y México y que, del lado azteca, comprende los estados de Chihuahua, Sinaloa y Durango. Desde los años 70, se conoce a esa región con el eufemismo de “El triángulo dorado” porque en sus extensiones los narcotraficantes poseen “cocinas” de drogas sintéticas, además de plantaciones de marihuana y de una de las flores más bellas que existen: la amapola.

Saben ellos de memoria, que si al capullo de la amapola se le realizan unas pequeñas incisiones, la planta despide un látex blanco y lechoso que en los montes de Sinaloa denominan “goma” y que no es otra cosa que el opio, una de las drogas más antiguas que conoce la humanidad. El opio, cuando se fuma o se come, dicen, obra en milagros: hace que cualquier dolor cese de repente. De esta sustancia, además, derivan famosas drogas semisintéticas como la morfina, la codeína y la “reina” de todas las drogas, la heroína. Desde escritores como Edgar Allan Poe hasta músicos como Kurt Cobain han experimentado el consumo de opiáceos y también padecido el principal efecto secundario: su destructivo poder adictivo.

En su exhaustivo repaso a la historia narco, Grillo recupera datos esenciales para comprender el florecimiento de los cárteles mexicanos. Cuenta, por ejemplo, que la cocaína colombiana siempre había entrado a los Estados Unidos, vía marítima, por el estado de Florida.

Sin embargo, en 1982, el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan hizo de la lucha contra la droga el pilar de su gestión y atacó duro en aquel estado. Entonces, los colombianos sencillamente cambiaron de ruta: comenzaron a utilizar la frontera con México y así, mientras colaboraban transportando la droga por su país a cambio de un porcentaje del lote, los mexicanos se fueron familiarizando cada vez más con el negocio blanco. Pero no fue hasta 1993, cuando la policía colombiana logró matar al líder del cártel de Medellín, Pablo Escobar, que los colombianos perdieron su dominio, teniendo que ceder lo ante sus colegas mexicanos.

¿Adiós a las drogas?

Pero los tiempos cambian y el tráfico también. El negocio ya no consiste sólo en el cultivo, el transporte y la venta de drogas ilegales. Tal como se explica en El narco, la historia del narcotráfico mexicano es “la transformación radical de grupos que empezaron dedicándose al tráfico de drogas y han acabado siendo batallones paramilitares que mataron a docenas de miles de personas y aterrorizaron a comunidades enteras con coches bomba, matanzas y ataques con granadas”.

De esto da testimonio la periodista Sandra Rodríguez Nieto, quien fue parte del equipo de investigación de El Diario, de Ciudad Juárez, durante diez años que coincidieron con el recrudecimiento de la violencia en esa ciudad del norte mexicano. “Lo que observamos en Juárez –explica en conversación telefónica con rumbos– es que cuando el cártel local empezó a perder control y activos por la ofensiva del Gobierno Federal, es decir, personas, armas y droga, sus líderes sencillamente cambiaron a otro tipo de delitos que no conocíamos en Juárez”.

Según la periodista, gran parte de los enfrentamientos entre las distintas organizaciones criminales se producen principalmente por el territorio, que no sólo se traduce en el control de rutas y del tráfico, sino en el monopolio de otras actividades delictivas que también han demostrado ser muy redituables, como el secuestro y la extorsión.

“El discurso oficial es que el gobierno federal mexicano decidió lanzar una ofensiva contra los grupos del crimen organizado, que acá llamamos ‘cárteles’ –continúa Rodríguez Nieto, y contrapone–; pero en los hechos, el problema mayor es que estos grupos no son ajenos al gobierno. El problema es muy grave cuando te das cuenta de que los narcos cuentan, en muchas ocasiones, con apoyo y protección de funcionarios de muy alto nivel”.

Periodismo de riesgo

Ser periodista en México es una profesión de mucho riesgo. En una reciente entrevista con un medio español, tras haber recibido el premio Daniel Pearl 2013 a la Valentía y Integridad en el Periodista, Rodríguez Nieto opinó que el periodismo mexicano está viviendo su peor momento: “Por un lado, la violencia contra los profesionales de la información es atroz: más de 80 muertos desde el año 2000, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos; por otro lado, los gobiernos priístas saben cómo controlar a los medios y pagan millones de pesos a los periódicos para que nadie los critique”, asegura.

Romper la inmensa muralla de la censura es lo que también intenta hacer la escritora catalano-mexicana Lolita Bosch. En 2010, luego de la aparición de 72 migrantes asesinados en Tamaulipas, ella lanzó una convocatoria a intelectuales, escritores, profesores, estudiantes y demás ciudadanos mexicanos interesados, para que aportaran sus testimonios y propuestas. A ese espacio colectivo lo bautizaron Nuestra Aparente Rendición (NAR).

Bosch dice que resolvió crearlo al sentir que no podía seguir inmutable ante la violencia creciente: “Pensé que podía utilizar el acceso a la voz pública y la capacidad de pensar para crear un espacio de diálogo y construcción de paz”, asegura la escritora.

Sobre la censura en los medios de comunicación mexicanos, Bosch se sincera: “La situación es demasiado compleja. Hay periódicos que incluso han llegado a escribirles a los grupos delictivos para consultarles qué creen ellos que se puede publicar y qué no. No lo hacen por complicidad, sino para seguir vivos. Ser periodista aquí es jugarse la vida literalmente. Además, y esto no es menor, hay una censura a nivel nacional que tiene más que ver con el gobierno que con los criminales, y que es terrorífica”.

Rodríguez Nieto sintentiza en clave periodística: “Si bien no somos los únicos reporteros que estamos expuestos a la violencia, porque también existen los corresponsables de guerra, a nosotros la guerra se nos metió en el territorio. No la fuimos a buscar”.

Publicada en RUMBOS #512

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