Mary Shelley, la verdadera Dra. Frankenstein

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La reciente publicación de un libro sobre Mary Shelley, la autora de Frankenstein, revive el mito de una mujer extraordinaria que se adelantó a su época.

Cuenta la leyenda que luego de que su marido se ahogó en un naufragio, ella decidió guardar su corazón en un cajón, envuelto en las páginas de uno de los poemas que él escribió.

Esta anécdota, sea estrictamente cierta o no, es digna de la mujer que la protagonizó, la inglesa que escribió la primera novela de ciencia ficción de la que se tenga registro y que dio nacimiento a uno de los personajes más populares e icónicos de la literatura universal: un monstruo que medía casi dos metros y medio de alto y que era un collage de cadáveres al que no le puso nombre, pero al que se lo llama por el apellido de su creador: Víctor Frankenstein.

Ella es Mary Shelley y tenía apenas 21 años cuando publicó la novela Frankenstein o el moderno Prometeo en 1818 y que de inmediato fue un gran éxito editorial.

Hoy, casi 200 años después, la escritora argentina Esther Cross acaba de lanzar La mujer que escribió Frankenstein (Planeta). Se trata de una biografía bien documentada, sin ningún elemento de ficción pero que, sin embargo, se lee como una novela. Allí también se encarga de describir la sociedad en la que Mary vivió y en la que los muertos eran parte de la vida cotidiana.

La vida y las muertes

“Mi primer contacto con la vida de Mary Shelley fue a través de una breve biografía que estaba al comienzo de una edición de Frankenstein”, cuenta Cross y agrega que la anécdota de que Mary se había quedado con el corazón de su marido fue el disparador para seguir investigando: “Me pareció muy interesante que la mujer que escribió la historia de un monstruo hecho de partes de cadáveres se quedara una parte del cuerpo del esposo”.

Mary Godwin −Shelley era el apellido de quien luego sería su marido− nació en la Londres de 1797, cuando Inglaterra bullía como consecuencia de la Revolución Industrial. Su madre, una escritora feminista, murió al darla a luz y fue su padre, un filósofo político llamado William Godwin, quien se encargó de criarla a ella y a su hermana mayor, Fanny.

Cuando Mary tenía tres años, su padre se casó con su vecina, Mary Jane Clairmont, una viuda quien ya tenía dos hijos. La adolescencia de Mary se vio signada por los choques constantes con su madrastra, quien solía favorecer a sus hijos por sobre los de su actual marido.

A los dieciséis años Mary comenzó una relación con Percy Shelley, un seguidor político de su padre y un escritor famoso, a pesar de que él ya estaba casado. El padre de Mary se opuso a la escandalosa relación. Sin embargo, ellos no dudaron en armar las valijas y hacer un viaje juntos por Francia y Suiza. Es muy probable que ese haya sido el motivo del suicidio de Harriet, la esposa de Percy, que estaba embarazada y que sumó otro escándalo a los ojos de la sociedad de esa época.

En los años siguientes, Mary dio a luz a cuatro hijos de Percy, de los cuales sólo uno sobreviviría. Y finalmente, Percy murió ahogado cuando ella tenía apenas 25 años.

“Los que la conocieron cuentan que Mary tenía un carácter fuerte”, afirma Cross. Sin embargo, “en sus diarios ella se describe como una persona frágil, que desde siempre sintió la presión de ser la hija de dos personas muy conocidas que tenían una altísima exigencia intelectual, al igual que su marido”. Además, ella sufrió mucho el desplante de la gente, que la despreciaba porque sus padres se habían casado cuando ella ya había sido gestada, porque la primera mujer de Percy se mató por su culpa y porque ellos no estaban casados dado que no creían en el matrimonio, al que veían como una forma más de propiedad.

Tertulias y monstruos

Percy era un escritor reconocido y amigo de grandes poetas del romanticismo como John Keats y Lord Byron. Fue justamente en una de las tertuliales que frecuentaban en la que a Mary se le ocurrió la idea de Frankenstein.

En junio de 1816, ella estaba en una casa en los alrededores de Ginebra, junto a su marido, Lord Byron y otras personas, encerrados porque afuera se había desatado una feroz tormenta. Para no aburrirse, comenzaron a contarse cuentos de terror. Cuando le tocó el turno a Mary, ella imaginó al doctor Frankenstein a partir de una pesadilla que había tenido.

Tanto les gustó la historia, que Lord Byron la instó a que la convierta en un libro. Dos años después, Mary publicó Frankenstein o el moderno Prometeo, su libro más recordado, cuando apenas contaba 20 años y que fue alabado por la crítica. Luego escribiría otras obras como las novelas El último hombre y Lodore, pero ninguna alcanzaría la trascendencia de su ópera prima.

Se roban a los muertos

“¿Cómo una joven muchacha pudo imaginar una idea tan espantosa?”, se preguntaba la misma Mary, en la introducción de la edición de 1831 de Frankenstein. Y la respuesta, en realidad, no es tan difícil.

“La escritora Virginia Woolf decía que un experimento lindo para hacer es escribir una biografía de un escritor pensando en qué era lo que ellos veían cuando miraban por la ventana”, explica Cross y afirma que Mary estaba estrechamente conectada con los miedos y las pasiones de la sociedad en la que vivía. Por eso, Cross se empezó a fascinar por la sociedad británica de principios del siglo XIX y en La mujer que escribió Frankenstein dedica muchas páginas a describirla.

Sucede que, si bien hay mucho de fantasía en Frankenstein, también se puede ver reflejados aquellos años en que se estaba viviendo la Revolución Industrial, que no sólo significó la invención de la máquina de vapor y el reemplazo del trabajo manual por el mecácino. Además, por aquellos años se hicieron muy importantes avances en la ciencia en general y de la anatomía en particular.

También existía una gran fascinación por la muerte. “La medicina era un espectáculo −profundiza Cross− y la gente se acercaba a ver las disecciones de personas y animales y los espectáculos de galvanismo, en la que hacían reaccionar cadáveres haciendo pasar electricidad por ellos”. Cualquier parecido con el monstruo Frankenstein no es pura casualidad.

Además, en la Gran Bretaña de aquella época los únicos cadáveres que el gobierno permitía que sean utilizados para investigaciones y las clases de anatomía, eran los de los condenados a muerte. Sin embargo, la cantidad de enviados a la horca estaba muy distante de la que requerían las escuelas de medicina. Entonces, se comenzó a recurrir al robo de cadáveres, un delito menor que sólo se castigaba con multas y cárcel. De inmediato, el negocio comenzó a ser muy redituable, con lo cual más y más personas se decidían a arriesgarse a profanar tumbas, sobre todo teniendo en cuenta que no se los perseguía demasiado, ya que era considerado como “un mal necesario”.

Y muy pronto se estableció un mercado al respecto, con sus propias reglas. Tal como cuenta Cross en su libro, “los viejos valían menos, a no ser que los hubiesen operado hacía tiempo y el cirujano que lo operó quisiera ver cómo había evolucionado la intervención”. Por otro lado, los freaks se vendían carísimos: gigantes, enanos y deformes eran los más cotizados.

Tan extendida estaba esta práctica, que los velorios se prolongaban para que la descomposición del cuerpo anulara su posible uso y desalentara a los ladrones.

Sus últimos años

A todas las tragedias de su vida, se le sumaron las enfermedades que padeció sobre el final de su vida. En el transcurso de 1839, Mary sufrió por primera vez un intenso dolor de cabeza, que comenzó a sentir cada vez más seguido, y al que se sumaron intermitentes parálisis corporales, que le impedían leer y escribir, las dos grandes pasiones de su vida. Finalmente, en febrero de 1851 murió, a los 53 años. Su médico nunca pudo saber con certeza la causa de la muerte, pero sospechó que se trató de un tumor cerebral.

Mary Shelley fue enterrada junto a sus padres. Un año después de su muerte, sus descendientes desarmaron su escritorio y encontraron mechones de cabellos de sus hijos fallecidos, un cuaderno que compartió con su marido y una copia de un poema que él escribió, “Adonais”, junto a una página envuelta en seda, la cual contenía cenizas y los restos de un corazón.

Publicada en RUMBOS #529

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