Entrevista con Raúl Barboza, acordeonista argentino

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Acordeonista eximio y autodidacta, se ganó el cariño de Piazzolla y Atahualpa, y triunfó en París. Sus raíces guaraníes y su infancia porteña siguen fundiéndose, a los 74 años, en esa manera sentida, tan suya, de ofrendar el chamamé.

Raúl Barboza llega puntual a la entrevista y apenas aparece se nota que trae una energía diferente. La avenida Corrientes bulle en el baile de un típico día de semana; pero Barboza la camina imponiendo su propio ritmo, portando su termo al hombro. Se acerca, saluda, se lo ve feliz de estar en la caótica Buenos Aires, del mismo modo en que, como explicará después, se siente feliz cuando está en cualquier lugar del mundo. Este mundo grande que, en sus más de sesenta años como músico, ha recorrido abrazado a su acordeón.

¿Qué más se puede decir de él, cuando muchos grandes ya han dicho mucho de él? Desde Astor Piazzolla (“Hay que nacer Barboza para tener ese increíble ‘swing’ correntino”) hasta Andrés Calamaro, quien lo considera uno de los músicos argentinos más valiosos.

Para quienes aún no lo conocen, una brevísima presentación. Raúl Barboza tiene 74 años y fue un músico precoz: con sólo nueve años comenzaron a llamarlo “el mago” por la manera en que tocaba el acordeón cuando acompañaba a su padre en el escenario. Hoy lleva grabados más de treinta álbumes editados en siete países y participó en nueve películas. Compartió escenarios, estudios de grabación y cenas de amigos con los más grandes artistas nacionales, entre ellos, el mismo Piazzolla, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Jairo, Lito Vitale, Jaime Torres y Ariel Ramírez. En 2000, el Ministerio de Cultura y Comunicación de Francia (donde vive desde 1987) le otorgó la distinción de Caballero de las Artes y de las Letras.

Barboza es, además, un músico atípico: nació en la ciudad de Buenos Aires, pero toca chamamé. Pero debe ser justamente esa mezcla la que hace que su estilo rompa con la tradición de la música litoraleña, incorporando nuevos sonidos y llevando este género musical, históricamente asociado al baile, a los teatros de todo el globo.

Mientras contesta las preguntas, de manera pausada y pensada, se ceba unos mates.

¿Usted se considera correntino?
¿Cómo se sentiría un árabe que, por casualidad, nació en la Argentina? Arabe siempre. Por sus ancestros, su lengua… y a mí me pasa lo mismo: yo nací en Buenos Aires, pero genéticamente soy guaraní.

¿Por qué su padre dejó Curuzú Cuatiá?
Porque allá no había trabajo y la gente era muy maltratada. Y en Buenos Aires hacía labores durante la semana y los sábados y domingos era músico. Un tipo maravilloso. Mi madre nació en Santa Fe y se crió en Curuzú. Los dos hablaban guaraní, pero no me dejaron aprender en Buenos Aires para evitarme la discriminación.

Pero esa herencia se terminó manifestando igual: ¿cómo aprendió a tocar el acordeón?
De oído. Nunca estudié nada. Aprendí música con mi mamá y mi papá, de la manera más natural.

¿Y qué música escuchaba?
El tango de las radios de los vecinos, a Atahualpa, a Gardel. Me gustaba la guitarra de Oscar Alemán, que vivió en París mucho tiempo. Mucha gente no sabe quién es Oscar Alemán: negro, bailarín, cantante y guitarrista, en el mismo momento hacía las tres cosas. Después conocí a Piazzolla y me gustó, pero nunca desdeñé a Troilo ni a Roberto Grela. No por gustarme Gardel iba a dejar de gustarme Pavarotti. Yo escuchaba el violín del wichi y también el de Isaac Stern.

Una cultura musical amplia…
La música es la expresión del espíritu y no hay espíritus menores ni mayores. Nuestro espíritu rige nuestra vida y los instrumentos de los que nos valemos para expresar sentimientos adquieren el valor que el espíritu les da. Yo escuché a los violinistas bereberes del desierto del Sahara o los violines de una sola cuerda de los monjes budistas en Japón, y sentí claramente que todo eso les salía del alma.

¿Cree que por haberse criado en una ciudad su música tiene un sonido particular?
Es probable. Porque los grandes músicos, como fueron Ernesto Montiel, Isaco Abitbol y Mario del Tránsito Cocomarola tenían el río y la laguna al lado. Cuando yo fui a Goya, Corrientes, por primera vez, ya era muchachón. Allí estaba viviendo Isaco y recuerdo que me embriagó el perfume de los azahares. Era otro paisaje del que yo veía en Buenos Aires, el ruido, las motos, el olor a nafta. La gente corriendo de aquí para allá, insultándose. Aquellos músicos, en cambio, vivían en esos contextos y escuchaban chamamé. En la ciudad yo escuchaba jazz. Entonces cometí el pecado mortal para los chamameceros: poner un bongó en un rasguido doble. Tenía 24 años y me estaba jugando la vida, pero no me importó. Hice lo que quería.

¿Y usted qué quería?
Tocar mi música. A mí me han ofrecido armar grupos fantasmas para tocar músicas comerciales, de esas que se graban en un día y se venden al siguiente. Y a mí me decían que con dos o tres grupos así puedo bancar al Raulito Barboza que no vende. Era tentador, tenía 20 años… pero dije que no.

¿Es la misma época en que a usted no lo contrataban porque el público no bailaba con su música?
Claro. Al principio, cuando yo tocaba los temas tradicionales junto a mi padre, todos bailaban. Pero después, por alguna razón, dejaron de hacerlo. Sólo miraban. Digamos que no despertaba la euforia que debería, desde el punto de vista comercial. Para el dueño del salón de baile era una catástrofe. No tengo nada en contra del baile, pero yo estaba a favor de mi forma de tocar. Hoy puedo llevar 1.500 personas al teatro, pero antes el chamamé en un teatro era imposible.

¿Qué vinculación tiene el chamamé con la naturaleza?
La música en sí misma es parte de la naturaleza. Y mi música definitivamente no es intelectual. Por ahí hago algunos acordes que no son los convencionales, pero pueden significar un ruido, una tristeza, porque la tristeza se puede expresar con una respiración, un silencio, una nota larga, un matiz, con una síncopa, todo eso también es música. Una vez escuché a un pianista ruso, cuyo nombre no recuerdo, diciendo algo muy sabio: “Hace 40 años que toco el piano doce horas diarias y sigo estudiando. Tengo el mejor instrumento y la experiencia de una vida larga, pero jamás pude lograr el sonido que emite con apenas dos minúsculas cuerdas vocales un pajarito escondido detrás de la hoja de un árbol”.

En una tanguería de París

En los 80, en Buenos Aires, la música de Barboza no funcionaba y para poder pagar el alquiler, tuvo que trabajar de taxista y de repartidor de tubos de gas. Entonces recordó los relatos de su padre sobre París, la ciudad donde habían vivido Gardel y Atahualpa, donde vivían Piazzolla y Susana Rinaldi. Y se las rebuscó para viajar y quedarse un par de meses. Pero cuando estaba por volver a la Argentina, le ofrecieron trabajar en el célebre “Trottoirs de Buenos Aires”, la primera tanguería que existió en Europa.

¿A usted lo contrataron por recomendación de Piazzolla?
La carta llega después de que me contratan, cuando voy a presentarme por primera vez en el Trottoirs. Como a mí no me conocían, necesitaban que alguien me recomendara. Mandé cinco cartas a músicos famosos que había conocido y contestó uno solo, Piazzolla.

¿Ya lo conocía personalmente?
Sí, lo había conocido en SADAIC, de casualidad, y de ahí quedamos amigos. Bueno, amigos es mucho decir. El me ofreció su amistad. Aprendí mucho de él, sobre todo disciplina y trabajo. Me abrió las pesadas puertas del arte de París. Fue a verme al debut, en primera fila. “¿Cómo te va, negro?”, me dijo cuando terminó el recital.

¿Y cómo lo conoció a Yupanqui?
Era muy amigo de mi padre, que trabajaba como cantor y guitarrista. Se cruzaban en los boliches. Atahualpa era muy gracioso para contar sus anécdotas, muy sabio y observador. Y con un sonido de la guitarra que nadie había tenido antes.

¿Extraña la Argentina?
Dios, Alá, Jehová, como quieras llamar a ese gran espíritu creador, nos dio este mundo que estamos arruinando. Yo nací en este perímetro geopolítico que se llama la Argentina pero vivo en este planeta. Soy feliz aquí y en otros lados.

¿Qué refleja su música?
La vida en sí. Yo estaba cuando la vecina venía a pedirle a mi mamá un hueso para hacer sopa. Reflejo la vida del hombre que sufre. Del anciano, del que chocó con la moto, del que está preso. También soy parte del hombre que tiene mucho y no da nada, y del que tiene mucho y se preocupa por repartir. Soy parte de eso, como lo somos todos.

Publicada en RUMBOS #494

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