El Padrino, un viaje a la intimidad de una de las mayores épicas del séptimo arte

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Un libro con fotografías de Steve Schapiro vuelve a poner sobre el tapete la conflictiva filmación de El Padrino, una de las películas más importantes de la historia del cine.

“Fue una pesadilla”. Ese es el recuerdo que tiene el director Francis Ford Coppola de los 77 días que le llevó filmar El Padrino, su más famosa película y por todos considerada una de las dos o tres mejores de toda la historia del cine.

Se trata de una problemática historia entre un creador y su obra cumbre, que ahora tiene un nuevo capítulo con The Godfather family album (Taschen), un libro con fotografías del rodaje hechas por Steve Schapiro, uno de los fotoperiodistas más reconocidos del mundo.

Estrenada en marzo de 1972, además de recibir el unánime aplauso de la crítica internacional, El Padrino se convirtió en la película más taquillera hasta ese momento. Un verdadero éxito que además fue nominada a nueve premios Oscar de los cuales ganó tres: por Mejor Actor (para Marlon Brando); Mejor Guión Adaptado (Mario Puzo y Coppola); y el más codiciado de todos, a Mejor Película.

Sin embargo, los constantes choques entre los ejecutivos de la productora, Paramount Pictures, y Coppola —que por entonces sólo había dirigido un puñado de pequeñas películas—, hicieron que el proyecto estuviese a punto de naufragar en varias oportunidades.

Crear en la tormenta

Pero si comenzamos por el principio, Coppola ni siquiera fue la primera elección de Paramount. Ante el rechazo de dos directores, tuvieron que elegir a Coppola, de sólo 32 años, quien al principio también tenía sus reparos, ya que no era el tipo de película que él quería hacer en ese momento.

Sin embargo, su no tan alentadora situación económica hizo que aceptase el encargo y, punto seguido, comenzaron los problemas: “El Padrino fue muy poco valorada por los productores mientras la estábamos haciendo −contó Coppola en una entrevista−, no les gustaba el elenco que había elegido y tampoco les gustaba el modo en que la estaba filmando”.

El primer conflicto fue por Al Pacino, un principiante al que Coppola quiso para el papel de Michael Corleone, el hijo predilecto de Don Vito, porque le gustaba que no sea conocido y creía que era igual al personaje descrito en el libro de Puzo. Pero Paramount pretendía a alguien más convocante, como Robert Redford. Incluso para el papel de Michael llegaron a hacer pruebas Dustin Hoffman, Martin Sheen y Jack Nicholson; pese a eso, Coppola se salió con la suya.

Siguen los conflictos

El proyecto en sus comienzos era mucho más humilde de lo que resultó ser. “Era una simple adaptación de un gran best seller de la época, igual que ahora han hecho con El Código Da Vinci”, ha dicho Coppola al respecto. Pero tan arrasador fue el tsunami de esa primera película, que luego le siguieron otras dos, que completaron una trilogía que se puede considerar como una auténtica obra maestra en su conjunto, una tragedia digna de un Shakespeare moderno.

¿Pero qué hubiera pasado si Don Vito Corleone no hubiese sido interpretado por ese avejentado Marlon Brando? Por increíble que parezca, la elección de Brando por parte de Coppola también fue motivo de conflicto. En Paramount no lo querían en los sets de filmación porque su comportamiento problemático ya había retrasado otras producciones.

Finalmente debieron ceder ante un decidido Coppola, pero sólo si Brando ponía su firma al pie de tres duras condiciones: debería hacer una audición como cualquier otro actor, comprometerse a no retrasar el rodaje y aceptar un cheque bastante más modesto del que acostumbraba. Increíblemente, Brando firmó ese contrato.

Como si esto fuera poco, el estudio estaba en serios problemas económicos y los productores necesitaban abarrotar todos los cines del país. Y para eso necesitaban generar impacto, al punto de que llegaron a ofrecerle a Coppola una persona para que lo asista, alguien especializado en añadir violencia y sangre a las escenas. Coppola, incrédulo, se negó rotundamente; pero sí decidió condimentar con rojo algunas escenas y así calmar los ánimos de los sedientos ejecutivos.

De amor y de odio

Desde entonces, la relación de Coppola con El Padrino oscila entre dos polos. Por un lado, esa película lo puso en un pedestal y lo convirtió en millonario. Pero por el otro, cuando se le ha preguntado por el tema, él siempre aclaró que se trató sólo de un encargo y que se ha sentido mucho más realizado con otras de sus películas, más pequeñas, menos taquilleras, pero mucho más personales.

Incluso, pese al éxito sin precedentes que tuvo El Padrino, dos años después Coppola pensó seriamente en rechazar la oferta de Paramount de dirigir la segunda parte, por el mal recuerdo que tenía de la primera. Al final decidió aceptar, pero con una condición que su posición ahora le permitía imponer: le darían absoluta libertad para hacerla como quisiera. Y así fue que el mito siguió creciendo.

Publicada en RUMBOS #532

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