Cine argentino, las 10 mejores películas

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Un prestigioso grupo de actores, directores, productores y críticos elige sus películas favoritas de toda la historia del cine nacional. Una selección que
permite establecer un recorrido emocional por obras que marcaron época.

“La idea de elegir las mejores películas siempre implica subjetividad y al final se trata de las que más le gustaron a uno. Es el espectador quien completa la película”, aclara para empezar el oscarizado director Juan José Campanella. Hacer un ranking de las mejores películas de la historia del cine argentino significa trabajar sobre un material muy complejo como lo es el arte. Y hablar de arte, en este caso el cine, es hablar de una experiencia personal intransferible: lo que siente un espectador ante una historia, un conflicto, en definitiva, una fantasía.

En el mismo sentido se refiere el joven director Lucas Blanco, autor de la muy premiada Amor en tránsito: “Uno siempre se olvida de alguna película, o cambia de parecer con el tiempo, o cometió el pecado de no ver aún alguna joya de la época de oro”. El artista y el arte cambian, y también cambian los espectadores, en una retroalimentación constante que mantiene viva la cultura.

Hechas las aclaraciones, rumbos decidió realizar una encuesta entre quiénes más saben del séptimo arte: los directores, actores, críticos y productores, en definitiva, aquellos que hacen del cine su modo de vida. El objetivo era averiguar cuáles han sido para ellos las obras maestras de nuestro cine. De esa manera se llegó a este listado que pretende ser una guía para el lector, un sendero posible para la aventura de conocer el cine nacional.

Los años dorados

Lo recomendable es comenzar por el principio: Las aguas bajan turbias es la primera estación de este trayecto. Dirigida y protagonizada por Hugo del Carril, la película data de 1952, cuando, según Campanella, “no existía la estúpida discusión de arte versus industria”. El filme revela en lenguaje hollywoodense la historia de Santos y Rufino Peralta, dos hermanos que trabajan en un yerbatal del Alto Paraná. Allí, enfrentan a la explotación patronal organizando un sindicato. Además, Santos se disputará con el capataz el amor de una mujer.

Seis años después llegará Rosaura a las diez, la obra cumbre de su director, Mario Soffici. El filme se estrenó en marzo de 1958 y en él, Juan Verdaguer encarna a Camilo Canegato, un hombre mayor e introvertido que vive en la casona de Doña Milagros. Es ella quien introduce la historia: “Todo comenzó con la llegada de un sobre rosa con un detestable perfume a violeta”. Ese fue el inicio de un improbable romance epistolar entre Camilo y la joven, bella, Rosaura (Susana Campos). Un día, ella aparece en la pensión, se casan y es asesinada en la noche de bodas. ¿Fue Camilo quien la mató? Cada habitante de la pensión posee una pieza del rompecabezas que terminará por develar el misterio. Basada en la novela homónima de Marco Denevi, la película es un exponente del modernismo al narrar el mismo acontecimiento desde distintos puntos de vista. Es un relato policial impecable, con un giro sobre el final sorprendente que deja totalemente estremecido al espectador.

Real como la vida misma

Leonardo Favio es el único director que aparece dos veces en el ranking. Crónica de un niño solo y El dependiente son obras que cimentaron el enorme prestigio que hoy tiene este famoso cineasta y músico argentino. Estrenada en 1965, la primera es una historia empapada de soledad, donde se narran las andanzas de un chico marginal, que oscila entre la calle y el reformatorio. El guionista y director Sebastián Borensztein dice que es una obra impecable de Favio y “una joya única que retrata la marginalidad desde un costado crudo y descarnado, visualmente inmejorable”. Por su parte, el actor Víctor Hugo Carrizo señaló a esta película como una bisagra en la carrera de su director, que lo consagró como un referente del cine nacional.

Cuatro años más tarde, en este caso con un coprotagónico devorador de Graciela Borges, Favio vuelve a entregar una pieza maestra: El dependiente. Para Pablo Pereyra, crítico de cine de Los Andes, al momento de su estreno esta película fue considerada como extraña y a su vez fascinante. Sin embargo, con el paso del tiempo, continúa Pereyra, “se la ve como una respuesta autóctona a la nouvelle vague [nueva ola francesa] y al cine de autor”.

La historia es simple: en primer plano Fernández, que desde niño trabaja en la ferretería de Don Vila, quien le dijo una vez, como al pasar, que sería su heredero. Desde entonces ansía la muerte de su jefe para quedarse con el negocio y poder cumplir su sueño: pertenecer al Rotary Club, que le exigía ser propietario. La señorita Plasini (Borges) irrumpe en la rutinaria vida de Fernández viendo en él la única posibilidad de escapar de su madre posesiva. Pero el filme demuestra que toda persona posee un lado oscuro, al personificar en Fernández el profundo horror de la avaricia humana. Y ese es el segundo y tercer plano: la asfixia de la rutina y lo sórdido detrás de cada deseo.

Pero el cine también se encargó de mostrar el lado positivo del deseo. Para Martín Santomé (Héctor Alterio), el haber conocido a Laura (Ana María Picchio) significó reconciliarse con su existencia. La tregua es una historia de amor entre un viudo de 49 años que ya no esperaba nada de este mundo y una mujer mucho menor que él. “Me gustaría encontrar la manera perfecta para decírselo —le dice Martín a Laura sentados a la mesa de un bar—, yo creo que estoy enamorado de usted”. Así, sin vueltas, Sergio Renán escribió y dirigió esta adaptación de una novela de Mario Benedetti, que se estrenó en 1974 y que fue la primera película argentina nominada a los premios Oscar. Para Campanella, es la película argentina que más le gustó por su “gran profundidad, emoción desgarradora, contundente guión, actuaciones para el Salón de la Fama y todo en una oficinita del centro [porteño]”.

Después del horror

El año 1985 es un año para recordar en el cine nacional. Por un lado, vio la luz la primera película argentina ganadora del Oscar: La historia oficial. Dirigida por Luis Puenzo, la trama se sumerge de lleno en la última dictadura militar, al narrar la búsqueda de una madre que desea conocer el origen de su hija adoptiva. Norma Aleandro le pone el cuerpo a Alicia, una profesora que en el transcurso de la película descubre lo que ocultó la “versión oficial” de la historia en que se había refugiado.

Fue un filme que marcó en al menos dos sentidos a toda una sociedad que salía de la dictadura militar. Desde lo histórico, porque para Adriana Aizemberg “haberla hecho en ese momento fue de un arrojo y de una valentía impresionantes”; pero también desde lo artístico, como en el caso de Lucas Blanco quien recuerda que siendo muy niño —a su estreno contaba diez años—, la trascendencia de esta película lo ayudó a darse cuenta de que había un “cine argentino” y a “darme cuenta de que yo quería tener algo que ver con eso”.

Por otro lado, Esperando la carroza también se estrenó en 1985 y se convirtió en un clásico del cine argentino que casi no necesita presentación. Es una de las películas preferidas de Graciela Borges por su enorme alcance social y afectivo que tiene en la sociedad. Ella destaca que la gente “la recuerda muchísimo, se sabe de memoria muchos diálogos y escenas”. La historia es desopilante: Mamá Cora (interpretada por un Antonio Gasalla extraordinario) y sus cuatro hijos celebran una comida familiar donde el dilema de quién la heredará y cuidará de ella dará pie a esta comedia memorable. Para Claudio Corbelli (productor de Las manos y Viudas, entre otras) esta película es un “ícono, más del cine neorrealista italiano que nuestro, con un guión de excelencia”.

El nuevo cine argentino

“¡Arrancá, arrancá, arrancá! ¡Suban los vidrios y bajen las trabas!”. Con esa violenta frase, enarbolada en el marco de un robo en un taxi, no sólo inicia Pizza, birra, faso. También, Adrián Caetano incursiona por primera vez en el largometraje dando a luz a lo que se conoce como el “nuevo cine argentino”. El filme es del año 1998 y cuenta las aventuras de cinco jóvenes marginales que deambulan por la ciudad de Buenos Aires robando para sus “jefes”, quienes siempre se quedan con el grueso del botín. “Es una obra disruptiva”, afirmó la actriz Ana Celentano, quien eligió esta película como una de las mejores del cine argentino porque cree “que su enorme crudeza la aleja del plano moralista y pacato de ver y comprender la marginalidad”.

En 2000, de la mano del nuevo milenio, llegó Nueve reinas de Fabián Bielinsky: son 24 horas en la vida de Marcos (Ricardo Darín) y Juan (Gastón Pauls), dos estafadores de bajo calibre que por casualidad se conocen en una estación de servicio. La ambición los empuja hacia adelante en una carrera por salir de la miserable vida que llevan. “Están ahí, pero no los ves, bueno… de eso se trata”, le dice Marcos a Juan, en la famosa escena donde le muestra cómo la calle está infestada de pequeños rateros. Gente como ellos dos, los protagonistas de una película que Rómulo Berruti, periodista y especialista en cine, describe sin ahorrar adjetivos: “Es una historia de truhanes rayana en la perfección absoluta: historia, trampas internas, crescendo y desenlace”.

Por último, El secreto de sus ojos. Con ella Campanella se dio el gusto de ganar finalmente el Oscar (ya había estado nominado por El hijo de la novia). Otra vez se toca el tema de la violencia política de los ‘70, en este caso como contexto de una causa judicial que pareciera nunca tener fin. Benjamín Espósito (Darín) es oficial en un Juzgado de Instrucción de Buenos Aires que, cuando se jubila, decide escribir una novela sobre el asesinato de una joven ocurrido en 1974. Treinta años más tarde logrará saber la verdad de lo ocurrido, superar sus temores y tomar las riendas de su vida. ¿Qué más decir de una película tan fresca en la memoria colectiva? Julieta Díaz no sólo subraya que es una gran película; sino que reflexiona que, de alguna manera, El secreto de sus ojos marca la relación actual entre el público y el cine nacional: “La gente ve más producciones argentinas, nuestro cine puede ser de autor y popular al mismo tiempo… ¡Bravo!”.

Publicada en RUMBOS #446

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